Una modesta proposición: salvar el mundo por el arte

No sé si es posible imaginar esta parte del mundo sin la intervención de Europa en nuestro territorio, con todas las implicaciones históricas y culturales que ello ha significado. Imaginemos por un momento al orbis novo aún sin nombre, poblado de numerosas naciones indígenas con sus respectivas visiones del mundo, con sus cosmovisiones que comprenden la religión, organización social, lengua, costumbres, normas y leyes que las movían tanto para comprender el mundo que les rodeaba o a sí mismos, a través de sus lenguas y sus técnicas para cazar o cultivar, para ejercer sus ritos de casarse o amarse, o intentando la comunicación con sus dioses. Me parece que les habría ido un poco mejor si no hubiesen pisado este continente ciertos personajes europeos con su idea de civilización asociada al absolutismo, al monoteísmo o al ejercicio de un poder autocrático, que debía imponerse merced a la voluntad acumulada de una tradición, o mejor, de varias tradiciones provenientes de distintas culturas: sajonas, eslavas, hispanas, germanas, galas, itálicas o celtas, muchas de ellas ligadas a otras más antiguas como la etrusca o la druida. En todo caso, muchas de éstas se mezclaron produciendo la anglosajona o la indoeuropea –unas más fuertes que otras— que, dependiendo de su poder bélico o de su religión, pudieron imponerse sobre otras.

Si miramos bien las historias de estos pueblos, descubrimos que todos estuvieron siempre en guerra. En mayor o menor grado, en cada uno de estos pueblos se operó una voluntad de dominación, la cual generó la reacción del pueblo, y a su vez cada uno de éstos generó una tecnología para la defensa y el ataque, los cuales fueron generando una cultura bélica, de donde surge una tecnología de guerra, desde armas de mano como cuchillos, lanzas, navajas, espadas o flechas pasan luego a convertirse en armas de fuego: escopetas, arcabuces, pistolas, bayonetas, rifles, metralletas, cañones o tanques. Después vendría la tecnología naval que concluye con el artefacto de transporte y de guerra más complejo hasta el siglo XIX: el barco. La tecnología naval ha comprendido la mayor cantidad de tiempo en la historia de la humanidad y en sus diversas maneras de ocupar geografías, al principio para formar familias o convivir; luego para apoderarse de otras regiones. Con la llegada del avión y de la tecnología aeronáutica ésta se convertiría en la forma de dominación más veloz y destructiva de todas.

Al parecer, esta tendencia de irse apoderando de determinados territorios crea en el ser humano una sensación de poder, como si el propietario "legal" de la tierra fuese en verdad el dueño de ésta, lo cual es imposible. La tierra no le pertenece a nadie; nadie puede adueñarse de un trozo de tierra con todo lo que éste contiene: sus frutos, sus animales, sus paisajes, su agua, su aire o luz.

Sería difícil explicar cuál es la verdadera naturaleza de la posesión, cuáles son sus características psíquicas, en qué consiste realmente este afán humano de apropiarse de algo inaprehensible. Al parecer, el hecho de labrar la tierra y aprovecharla para el cultivo o la cría de animales, permite en un primer momento la supervivencia y la vida de esas comunidades (que hemos dado el nombre de sociedades, o familias, tribus, comunas, etnias), se convierte a la larga –si se amplía el espectro de la posesión— en una insaciable sensación de poder, que hace que sus dueños se sientan tocados por alguna fuerza divina, como si estuviesen ungidos de poderes especiales que les permiten avanzar en su sed de nuevas tierras y pertenencias, para construir en ellas viviendas, calles, carreteras, plazas, templos, torres y edificios de todo tipo, a través de los cuales pueden ir demostrando a sus semejantes y a otros pueblos vecinos o desconocidos, su particular poderío.

No sé si esto es una cualidad o una carencia inherente al ser humano. De ser así, me temo que ya es un poco tarde para detener lo que actualmente está ocurriendo en el mundo con relación a las guerras y a la manera devastadora de librarlas.

Trataré de explicarme. Supongamos que a lo que ahora se llama indebidamente "América" (los europeos le llamaban antes terra incognita y orbis novo), es decir, nuevo mundo antes de que fuese hollada por conquistadores europeos. Supongamos que éstos hubiesen permanecido en sus pueblos de origen y no les hubiese sido necesario trasladarse aquí ¿habrían nuestros indígenas o africanos desarrollado una cultura mejor, o simplemente propia, con una organización social, económica y cultural suficiente? Nadie puede decirlo, lo hecho, hecho está. No podemos regresar la historia ni detener el tiempo. Pero sí podemos al menos darnos el chance no sólo de imaginarlo, si no de intentarlo una vez más.

Ya sé que es muy difícil desterrar las ideas que tenemos atornilladas por occidente a nuestras cabezas. Nuestra estructura mental está inoculada de casi todos los modos, modelos, fórmulas, valores y sistemas que están allí antes de que naciéramos, y que luego nuestra familia se encargó de transmitirnos a través de la educación, les leyes, los modales y las normas. Primero, en el seno familiar; luego mediante la educación formal o académica se nos señalan nuestras metas: estudiar, trabajar, casarse, formar familia, hacer compromisos, cumplir deberes, alcanzar metas, darle un sentido a la vida, etc. La mayor parte de estos procesos se cumplen de manera no digamos automática, sino bastante esquemática. Los niños nacen y son alimentados, atendidos en educación, vivienda y aseo. Luego, cuando son adolescentes –si no antes— comienzan a exhibir rasgos de rebeldía. Al principio es una rebeldía espontánea, propia de la misma naturaleza humana, apareciendo con modificaciones físicas, hormonales u orgánicas. Después, adquiere rasgos de rebeldía social, en cuanto el ser humano comienza a enfrentar los duros retos del existir en toda su complejidad: urgencias económicas, fragilidades de salud, rupturas afectivas, frustraciones individuales, accidentes, crisis sociales, políticas o bélicas, y en general un conjunto de presiones circunstanciales que, junto a todas aquellas, pueden componer un panorama de urgencias o crisis internas en el ser que pudiéramos llamar temporalmente crisis existenciales. Se supone que con terapias o tratamientos que la misma sociedad ofrece (pero no facilita) tendrías herramientas para superar tales crisis, lo cual no siempre es así por la sencilla razón de que la familia y la sociedad mismas han producido tales crisis, las cuales sólo se pueden mitigar temporalmente, pues se trata de lo que pudiéramos llamar quiebras estructurales de valores internos.

Pero volvamos la cinta atrás, a los primeros siglos de dominación colonial de nuestros países americanos por parte de los europeos, que fueron sencillamente brutales. Pero no incurramos ahora en patetismos harto conocidos. Tratemos de ir al grano. Españoles, ingleses, franceses o portugueses tenían entre sí pugnas y rivalidades; debían porque sí expandirse, so pena de empobrecerse o morir. Entonces emprendieron viajes o cruzadas a tierras desconocidas donde encontrarían algo nuevo o maravilloso, y sobre todo gentes ingenuas, sencillas o salvajes, comparadas a las de ellos, ya curtidas por siglos de carencias, vicios, cansancios, traiciones. Sociedades como las que se pintan en las obras de Miguel de Cervantes, William Shakespeare, Fernando de Rojas o Calderón de la Barca, sociedades donde existió una literatura épica que dio cuenta de sus batallas y heroicidades, fábulas o mitos donde están referidas sus gestas, sensibilidad y pensamiento y que sirvieron de basamento para conformar la tradición literaria, cultural y simbólica de tales sociedades, poniendo en ellas no sólo lo bueno o lo constructivo, sino también sus vicios, traiciones o insidias. En estas podemos observar las gestas de sus héroes, las historias reales o aventuras fantásticas o mitológicas de sus guerreros, santos, poetas y hombres y mujeres corrientes.

En el Nuevo Mundo nos asimilamos como pudimos a la tradición cultural europea, interpretándola a nuestro modo. Lo que no ocurrió fue lo contrario: que ellos interpretaran y respetaran la nuestra. En la mayoría de los casos se limitaron a devastarla o a sustituirla por la suya. Este hecho constituyó y sigue constituyendo una de los acontecimientos más aberrantes y dramáticos de la humanidad. Con honrosas excepciones, cuando los humanistas europeos o hispanoamericanos han reflexionado sobre el diálogo entre ambas culturas, el resultado ha sido extraordinario, cuando ambas tradiciones se juntan para ofrecer una conversación mestiza y cuando el fenómeno del mestizaje se nos presenta en una continuidad generadora; cuando el arte, la arquitectura o la literatura se imbrican para mostrar algo poderoso y extraordinario. El filósofo venezolano José Manuel Briceño Guerrero ha observado en sus libros esta relación contradictoria entre Europa y América, entre los comportamientos del blanco, del indio, del negro, del mantuano, del oligarca o el terrateniente en el complejo proceso del mestizaje, adentrándose con una nueva óptica en la paradójica historia que comportan ambos mundos, haciendo énfasis en el fenómeno del lenguaje. Desde filósofos como el mexicano José Vasconcelos y el uruguayo José Enrique Rodó a principios del siglo XX hasta José Martí, Leopoldo Zea, Mariano Picón Salas, Arturo Uslar Pietri, Octavio Paz o Alfonso Reyes han observado que el pensamiento hispanoamericano ha estado permeado de esta paradoja de aceptación y / o resistencia a la civilización europea que ofrecen nuestros pueblos, los cuales siguen siendo sometidos a nuevos modos de dominación a través de nuevos formatos de guerra mediática o injerencista valiéndose de instrumentos financieros, ideológicos y comunicacionales, a objeto de aprovecharse de sus recursos naturales y sus riquezas minerales. Cuando el poder --de la corona española, pongamos por caso-- entra a saco en Perú, Bolivia, Argentina o Colombia desde el siglo XVI hasta el XIX y como respuesta surgen las guerras de independencia, se producen las primeras fricciones importantes entre ambas culturas. Durante la época llamada colonial, con las sucesivas castas de terratenientes en la segunda mitad del siglo XIX lo que ocurre es un reacomodo del poder europeo en nuestros países, de las oligarquías criollas con la ayuda de los capitalistas del momento en Europa y en Estados Unidos, dispuestos a tomar posesión otra vez de sus colonias, e imponiéndoles sus valores y gustos.

Llegado el siglo XX el modus operandi del colonialismo viene dictado desde USA, con todas las características que ya conocemos: concentración del capital en empresas explotadoras, preeminencia del valor de cambio sobre valor de uso, especulación financiera e inmobiliaria, reservas federales a disposición de los bancos, guerras de cuarta generación, injerencias militares avaladas por tribunales internacionales viciados (como la OEA), manipulación mediático-psicológica, banalización de la información: todo un menú para ser servido en las ciudades pánico o ciudades caníbal, megalópolis colapsadas por la violencia y la droga, aparición de narco-estados, violencia institucionalizada y un sinfín de aberraciones sociales y económicas dirigidas desde una política completamente vaciada de contenidos humanos, pero cimentada en una suerte de teología del dinero.

El tiempo se nos acaba, según parece. Después de dos guerras mundiales en el siglo XX, campos de concentración para el exterminio racista e innúmeras guerras irregulares o asimétricas en el siglo XXI y un agotamiento progresivo de los recursos energéticos, los imperios viejos y nuevos han entrado en colapso nuevamente y con ellos los ciudadanos, que hasta entonces habían creído en las bondades (y en la libertad) del capitalismo, en un desarrollo que ha servido para muchos objetivos de la ciencia aplicada a la tecnología para la medicina, la farmacia, la cibernética y la carrera espacial, y para mejorar las condiciones de vida de una gran mayoría de seres humanos. A veces pareciera que este deseo, esta esperanza de llevar el mayor bienestar al mayor número de personas posibles fuese una tarea de verdad imposible, o al menos, ingenua, declararse a estas alturas socialistas, comunistas o revolucionarios pareciera poco menos que una utopía, un sueño irrealizable. Me refiero al hecho concreto de realizar ese sueño común, dadas las crudas realidades materiales donde nos movemos, cualquier voluntad empecinada en este sentido es aplastada inmediatamente por los objetivos inmediatistas del capitalismo. Cada cierto tiempo, esta idea se toma en consideración en los parlamentos de varios países, a los grupos u organizaciones progresistas o socialistas del pueblo y de sus líderes de la izquierda, y al poco tiempo de su efervescencia juvenil, ésta se va adaptando progresivamente a las solicitudes del gran capital y de políticos que tienen bien claros sus objetivos: ganar y ganar. Ganan mucho dinero, es verdad, pero al poco tiempo son revelados sus pactos de corrupción, sus escándalos personales, sus burocracias ineficaces. Se autoproclaman librepensadores modernos, democráticos, --sobre todo democráticos-- aunque ya sepamos que la noción de democracia en la actualidad está desgastada, si nos atenemos a los principios gruesos que manejan como el de libertad; una libertad que parece estar concentrada solamente en el hecho de consumir. El amor se vende como un producto para el que se usa el cuerpo de la mujer-objeto, del hombre-mercancía. Cosas sabidas. Sin embargo, poco se hace para solventarlas.

La sociedad industrial contemporánea ha crecido tanto que se ha atrofiado, sus órganos no funcionan; las llamadas grandes potencias sufren de una enfermedad mayor: un titanismo con el cual revelan no su poder, sino sus debilidades. Los rascacielos, el Titanic, las Torres Gemelas, la Estatua de la Libertad son monumentos débiles; en todo caso, su poder descansa en la intimidación de sus semejantes a través del poderío bélico, económico o policial. Para ser hoy un líder no hay que ser estadista, profesional, doctor o jurista, estudioso; para convertirse hoy presidente de una nación hay que tener sobre todo dinero para pagar una buena campaña electoral, y socios que acompañen esa campaña. Los liderazgos políticos no surgen de manera espontánea –quiero decir de necesidades urgentes o históricas-- sino que están armados por y para campañas electorales y publicitarias. En el capitalismo avanzado el dinero puede comprarlo todo: jueces, gobernadores, legisladores. En una sociedad así el contenido de la educación carece de sentido. ¿Qué vamos a enseñar a través de la educación si los triunfadores solamente son aquellos que poseen dinero y poder? Esto es una paradoja no solamente cultural, sino humana, un contrasentido filosófico que no puede ser despejado si no vamos con urgencia a construir un mundo nuevo de verdad, un mundo que tenga poco que ver con el mundo que observamos actualmente, un mundo que podamos fundar con otros cimientos, abonado con tierra de una argamasa distinta, de un barro brindado por las tribus de nuestras naciones originarias, el barro florido que crecerá algún día después de tanta violencia, odio y destrucción.

Otra ingenuidad sería pensar que por el solo hecho de ser hispanoamericanos tendríamos que estar unidos. Cada país va cambiado de acuerdo a los intereses de los presidentes de turno, sin atender a sus fundamentos originales, a su filosofía política primigenia, la cual se va alterando con el curso de acontecimientos funestos o de maniobras económicas viles. Esto ha sucedido desde la colonia hasta el presente siglo. Miranda, Bolívar y Sucre apostaron por una gran nación, una Nueva Granada o una Gran Colombia de estados panamericanos, pero sus sueños pronto se esfumaron. Vemos, por ejemplo, cómo Chile no se aviene con Bolivia ni Argentina con Chile. Las relaciones de Colombia y Venezuela siempre han sido distantes, simuladas en vez de cercanas, de parte de Colombia ha habido mucha hipocresía. Bolívar suscitaba mucha envidia de San Martín y del propio general Páez. Sucre fue asesinado en Berruecos por sicarios ecuatorianos; Francisco de Miranda fue traicionado por el marqués Casa León y el marqués del Toro, y envidiado por Juan Germán Roscio. No le perdonaron ni a él ni a Bolívar sus inteligencias visionarias ni su magnetismo personal. Ezequiel Zamora, después de ganar las principales batallas por la Federación venezolana de la post-independencia, fue traicionado por sus más cercanos generales. En el siglo XX los asesinatos de líderes carismáticos no se detuvieron: Luther King, Malcolm X, Allende. En USA Abraham Lincoln, líder abolicionista de la esclavitud, fue asesinado. Los líderes y prohombres de la Independencia americana como Washington, Jefferson y Franklin han sido postergados por el capitalismo del siglo XX, borradas sus ideas y sus doctrinas suplantadas por doctrinas elementales como las ideas de Monroe. Si observamos la obra de Franklin, vemos que se trata de una de las más lúcidas, que el verdadero fundador de la nación americana se halla postergado, especialmente el pensamiento contenido en su Declaración de Independencia, teniendo además una ingente obra como arquitecto, arqueólogo, músico, inventor, fundador de la Universidad de Virginia y Primer Secretario de Estado. Si se leyera más su obra y se aplicaran sus ideas en la vida pública, muy otra sería la vida de esta nación, más humana y comprensiva con los demás países. A tal punto ha perdido el norte la política de Estado en USA, que sus humanistas y artistas en el siglo XX tuvieron que acudir a un movimiento contracultural para poder hacer frente a la cultura de masas, es decir a una cultura eminentemente de consumo, si es que puede haber una cultura de esta naturaleza. La mayor parte de sus filósofos, poetas, novelistas y estadistas en el siglo XX se pronunciaron al margen de los principios fundamentales de los gobiernos como los de Roosevelt, Nixon, Reagan, Bush, y en el siglo XXI al margen de Obama y ahora de Trump, por carecer éstos de rectitud moral en el momento de imponer leyes justas y equitativas en el plano económico, generando zozobra en diversos escenarios políticos tanto internos como externos, lo cual ha vulnerado la moral ciudadana, y luego por un atropello sistemático a las minorías étnicas e inmigrantes de esa nación, y una violencia psíquico-paranoica traducida en asesinos en serie o en francotiradores enfermos que disparan sobre multitudes indefensas..

Con estos ejemplos he querido indicar que la integridad moral de las nuevas naciones americanas, incluyendo a USA, Canadá y México, ha sido flagrantemente vulnerada. Haciendo alianzas con diversos gobiernos contrarios a sus intereses en extremo belicistas, describieron una escalada de injerencias en países como Irán, Pakistán Afganistán, Siria, Grenada, Vietnam, Chile, Nicaragua y otros, para deponer gobiernos contrarios a sus intereses hegemónicos. Todo esto es historia sabida. Por su parte Europa, lejos de mantener una política sólidamente cohesionada, exhibe una balcanización de sus Estados-Naciones. Primero, aíslan a la Europa central, a Polonia, Austria, Hungría, Rumania, República Checa y Grecia, y trazan alianzas puramente económicas a objeto de consolidar una Comunidad Económica, aunque recientemente Inglaterra ha renunciado a formar parte de ella para vindicar sus propios intereses; mientras España se debate entre sus luchas autonómicas en Cataluña y otras regiones, que han llevado al pueblo catalán a declarar su independencia debido al ineficaz manejo político del gobierno populista de Rajoy, para sumir a ese país en una crisis sin precedentes, con posibles efectos similares en otras partes de España y Europa; es decir, se desvertebra la unidad española y europea de acuerdo a intereses particulares, en vez de unificarse debido precisamente al pésimo manejo de una macroeconomía galopante, mientras en América Latina los anhelos de unión panamericana, que habían surgido en el siglo XIX, intentaron actualizarse con nuevos liderazgos a mediados del siglo XX e inicios del XXI, a través del pensamiento bolivariano en países como Ecuador, Bolivia o Venezuela, con el apoyo de Nicaragua, Cuba, Argentina y Uruguay, hoy parecen debilitarse de nuevo con las arremetidas de gobiernos de facto, parlamentos corruptos vendidos al gran capital.

Este proceso de nueva independencia viene sufriendo un lamentable revés con los nuevos componentes autocráticos puestos en marcha en los parlamentos viciados de Brasil, Colombia o Argentina, para llevar a cabo una restauración neoliberal. Por el camino que vamos, con Donald Trump en la primera magistratura de USA, el retroceso institucional va a ser enorme, y repercutirá negativamente en las ideas de avanzada que desean ponerse en práctica para forjar un nuevo humanismo social en América Latina.

Aunque no se trata sólo de América Latina. Se trata también de países pequeños o deprimidos en diversas partes del mundo, y de cómo han sido vulnerados sus derechos. Las ocupaciones bélicas de las grandes potencias en otros territorios han producido en Europa una nueva oleada de migrantes y desplazados que quedan atrapados en zonas fronterizas, muriendo de inanición y enfermedades. En América Latina la persecución de rebeldes o de guerrillas que aspiran justicia social para clases campesinas y necesitadas sufren persecución por los llamados paramilitares, con fuerzas armadas con recursos de la droga, y de paso azotan a poblaciones campesinas con el pretexto de buscar a los irregulares, convirtiendo a un país como Colombia en un territorio de guerra durante cincuenta años, sin que hasta ahora se haya logrado una solución convincente al conflicto. Bases militares se establecen en varios países de América, a objeto de apoderarse de sus recursos, cuando se presente la primera ocasión de invadir con la ayuda de tribunales internacionales amañados, --como la OEA-- y diarios poderosos aliados de éstos, en alianza con gobiernos corruptos que organizan estados paralelos con anuencia de clubes financieros, quienes mueven los hilos desde arriba, desde grandes empresas, para instaurar un capitalismo de estado.

A los antiguos mass media de los años 60 del siglo XX, se unen ahora las llamadas redes sociales para sustituir la información escrita por información digital y visual, susceptible de ser modificada por computadoras para crear una nueva realidad, una realidad virtual manipulada, una realidad superpuesta, una "verdad" o una post-verdad, como ha sido llamada.

Con tantos mensajes simultáneos, el ser humano actual es objeto de un bombardeo ideológico permanente que lo alcanza en computadoras, tablets y teléfonos celulares desde donde puede acceder a videos, películas, periódicos, discos, creando una suerte de laberinto informático con características muy peculiares, donde se imponen tales "verdades" o realidades que los medios quieren que se impongan, y no precisamente las que viven los ciudadanos. Hemos llegado al límite: la irrupción de realidades simultáneas en infinitas direcciones componen un espacio ciertamente delirante, paranoico, de una información que va en detrimento de la verdad.

Entonces ahora quizá sea el momento de refugiarse en la naturaleza, en el paisaje, en la tierra, en la montaña o el mar, pero conviviendo de veras con ellos, con sus riesgos y peligros --que son muchos--, pero en todo caso preferibles a los de las máquinas, la cibernética o la informática. Necesitamos reflexionar, meditar a solas, sincerarnos con nosotros mismos, cotejarnos con las realidades anímicas y psíquicas que poseemos, y no con simples instrumentos, artefactos u objetos que emiten sonidos o palabras. Ha llegado el momento de desnudarnos frente a Madre Natura y buscar los mitos ancestrales, los ritos sagrados, recuperar nuestra íntima religiosidad a través de la magia del arte y de la poesía. Para ello debemos ser libres, ejercer la libertad de crear desde nuestro ser interior para presentarlo a nuestros semejantes. Sería, creo, una de las vías para conversar con los saberes populares en asambleas, comunas, comunidades grandes y pequeñas.

También disponemos del poderoso instrumento del arte. Aunque este también ha sido desperdiciado en la loca carrera del dinero y del consumo. De las interpretaciones sociales del arte persisten dos: la del arte por el arte, la cual nos dice que éste es libre y no se puede supeditar previamente a nada; otra, la del arte comprometido, la cual nos dice que el arte debe estar al servicio de la sociedad, de una ideología o una política determinadas. En la primera posición, el arte suele terminar en una especie de esteticismo contemplativo, pasivo, de puro goce individualizado; en la segunda, el arte se debe a los demás, debe intervenir en los procesos de cambio social o de transformación política no siempre afortunados, que pueden volverse autoritarismos carismáticos.

Mientras la filosofía nos permite pensar el mundo y la realidad, o analizarlos racionalmente a través de conceptos de diversa índole, y las religiones elevarnos y trascender el tiempo finito para hallar un sentido cósmico a la existencia a través del culto de determinados dioses, el arte nos sensibiliza para que nos preparemos para la vida, otorgándole sentidos. Esta a mi entender es una de las misiones más nobles a que disciplina alguna pueda aspirar; por ello el estudio de las artes y la filosofía debe formar parte sustancial de los programas educativos de una sociedad.

Desde el mismo momento en que se parceló el conocimiento en universidades y academias, se crearon las especialidades y se fragmentó nuestro conocimiento, éste se fue mercantilizando y generando plusvalía económica. La idea sería más bien ir generando un enriquecimiento interior, como el propiciado por el arte y la literatura. Esta última, sobre todo, un instrumento que sirve para reconstruir la conciencia (y el inconsciente) humano, misión nada sencilla. Al reconstruir esa conciencia, la literatura nos está reconciliando con las fuerzas naturales de la tierra y también con hombres que desean convivir en sociedad. Es por ello que aún tiene sentido aquella idea de aldea global que tanto se manejó con el primer auge de las comunicaciones durante los años 60 del siglo XX, y cómo las responsabilidades éticas son ahora con todo el planeta, y no solamente con el país donde nos ha tocado nacer. Edgar Morin lo vio así a través de su filosofía ecológica, ante la inminencia de la contaminación y el envenenamiento progresivo de la tierra, las aguas y el aire que se ha venido produciendo en las últimas décadas, debido a la desbocada carrera de crecimiento desarrollista impuesta por el modelo capitalista, con la competencia como herramienta hacia el enriquecimiento personal. Esto nos llama la atención sobre la urgencia de implementar nuevos modelos de producción, más humanos y racionales.

Pero el arte va más allá, --aunque tampoco es autosuficiente-- pues nos libera y nos eleva, nos sirve para el conocimiento sensible del mundo. Este conocer por la literatura, la pintura, la música, la arquitectura, la danza o el teatro nos permite dar una mirada en profundo a la realidad, descubriendo sus mecanismos internos, indagar en sus personajes, sentimientos o ideas movidos por el arte nos estamos viendo ahí reflejados a nosotros mismos, al tiempo que realizamos una suerte de catarsis cuando nos sumergimos en determinado universo poético, novelesco, musical o plástico hacemos nuestras las palabras o las imágenes, podemos conocer mejor el mundo en su vasta complejidad. Conocer el mundo a través del arte, sentirlo, vivirlo, trasladarnos a espacios o contextos y adentrarnos en el universo que nos describen sus autores o artistas nos humaniza más, tendremos más herramientas para desentrañar los procesos físicos, éticos, económicos, políticos y culturales que nos han acechado o apremiado a través de la historia, pero también de disfrutar de sus momentos de plenitud.



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Gabriel Jiménez Emán

Poeta, novelista, compilador, ensayista, investigador, traductor, antologista

 gjimenezeman@gmail.com

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