Réquiem por una atribulada humanidad

Réquiem es una canción de Silvio Rodríguez que rueda entre sábanas solitarias por el re menor del concierto de Vivaldi para pícolo y orquesta, tan espléndidamente tristes ambas, como esas almas gemelas que se refugian en la modorra de la barra de un bar portuario.

En derredor de una espiral de flores y velas encendidas, los creyentes se aferran a la fe de una creencia milenaria que les prometió bienaventuranzas hasta hoy incumplidas.

La multitud deambula tras ese sueño de paz y calma con la mirada perdida en el dolor y la desesperanza. No se rinde, es terca en rumiar el engaño que les sostiene opresos.

Hinchas –unos y otros- del dios que invocó el gobernador español de Managua Rodrigo de Contreras cuando clavó su espada en el pecho indefenso de fray Francisco Valdivieso, porque en nombre de dios defendía la humanidad de los indios.

Marcha, como en procesión, al paso del Popule Meus de José Ángel Lamas, gimiendo, clamando. Pueblo que un tiempo sufre, y algún otro, se sacude la opresión.

II

París ciudad luz. Luces de oropel sobre la Eiffel para celebrar el glamour de los sanguinarios franceses que degollaron África. Las exquisiteces de quesos con la leche materna de las argelinas quemadas para amamantar la Colonia y el oprobio. Las delicias del vino con la sangre de Abdul Hamid Salaghji y millones de argelinos exprimidos como uvas en vendimia.

Londres máquina prima. Máquina de muerte por donde pisa y pasa. Lanzaste al mar tus corsarios a lo sir Henry Morgan para degollar cuanta vida diferente encontraran y robar cuanto bien ajeno encontrasen. Te quedó la costumbre de creerte dueña del mundo. Porque tenéis reinas que son viejas hechiceras, porque tenéis la piel clara y los ojos pintados de colores embrujados. Y nos infestaste nuestra Abya Yala con tus ogros del norte. Sois la misma plaga.

Washington capital imperialista. Imperialismo del sacrosanto capital que arruina a los pueblos para engrosar los peligros que acechan la humanidad.

III

Almas supremacistas por supremacía bélica. Minusválidos de amor. Antibolivarianos chatos de espíritu, empequeñecidos por el poema al Chimborazo que inspiró en Bolívar la vibración telúrica de las alturas quiteñas, de las volcánicas honduras de Manuelita. Anticastristas castrados de la sensibilidad que derrochan los boleros de Juan Almeida, un comandante de piel mulata y áurea universal.

Nunca podrán saborear la luz los inquilinos de la Casa Blanca. Presos de su drama prepotente. Pentágono es nombre clave de un engendro antropófago. América sinónimo de plagio, trasmutó en grosera palabra que sólo poseen sus verdugos, esos "predestinados por la providencia a plagarnos de miseria en nombre de la libertad".

En el frío quiteño de Sangolquí, un vino araucano y Zitarrosa. Como que sé de dónde vengo y a dónde voy. En la ruta de Simón, aquél, el que vació sus bolsillos de oros y demás vanidades, el que saboreó la dulzura del amor popular y la amarga daga de la traición, nuestro guía, el que encarnó en la canción necesaria de Alí Primera hecha gesta en Chávez y nosotros, los que canta Gino González.

Ya nadie recuerda los sables afilados de las hordas belgas que fueron jaurías en la humanidad Patricio Lumumba. El ácido disolvió los restos de ternura que le sobraban a la Europa fría y elegante.

IV

En la cárcel nicaragüense la guerrilla poética susurra versos de un Tayacán vencedor de la muerte. Tomás Borges oficia como nirvana mayor del ritual vengador que inauguró Rigoberto López con la pluma afilada de Rubén Darío.

En la selva salvada los indios inmortales cantan a la Pacha redimida. Mapuche invencible. Guaraní altivo. Maya resistente. Berta Cáceres y Santiago Maldonado desandando deshistorias. Descosiendo colonialistas amarras.

Teddy Roosevelt y Herbert Hoover como otros cualesquiera se devoran la carne de Sandino y Farabundo. Invadir a la carta. Bombardear. Degollar. Valen Vietnam o Libia, las primaveras con duraznos y las ruinas de Mesopotamia, deforestar el sauzal en Guernica o incendiar los girasoles en la antesala de Krasnodón. Derretir el Ártico con cementerios de bisontes y ballenas. Enlodarlo todo de mortíferos óleos sobre el lienzo domesticado de Whitman.

La caridad de la Alianza para el Progreso que rezan Charlton Heston y Clint Eastwood, que enarbola en auto flagelante ritual kukluxklansero el black malinche Morgan Freeman.

Hollywood financia atrocidades para todo público.

V

La última guerra

Quise decir

La más reciente

Que este poema debió titularse

El inaudible silbido del misil

Pero toda lógica poética indica lo contrario

El misil ensordeció el onírico silencio de la noche

La noche que se extiende como epidemia de cementerios

Los cementerios eternos cómplices inocentes

Los inocentes cuyas cabezas disecadas cuelgan en un salón presidencial

Y el grito de la calle que nadie escucha

Sólo los disparos preventivos surcando el aire

-de los pulmones-

De esta última guerra

- quise decir la más cercana-

Brotará ataviada de fosas la libertad

- de morir antes de tiempo-

Preparen apunten fuego

El lucrativo arte de matar en masa

La inteligencia prisionera del mercado

Y el Hombre

Una pobre moneda que se desangra.

VI

La guerra de los errores

Por error

Las inteligentes armas de las cincuenta estrellas

Derribaron una nave de sus antepasados anglosajones

Por error

Un soldado que por error entró al ejército de las cincuenta estrellas

Agobiado por los maltratos y arrepentido del error cometido

Dejó rodar entre sus correligionarios –que por error se distrajeron-

La granada sin espoleta que por error sus superiores le entregaron

Por error

Los misiles destruyen los mercados

Templos sagrados de la fe de las cincuenta estrellas

y sus bretones antepasados

Por mero error de cálculo

Cincuenta y tres civiles inocentes mueren por error

La próxima no fallaremos

Dice el inteligente misil que está a punto de despegar

Y por error involuntario -según declaraciones del misil que espera su turno-

Cinco trabajadores sirios regresan a sus hogares envueltos en unas tristes tablas que parecen madres con el vientre apuñalado

Luego

Por un pequeño error de apreciación

Los generales de las hordas de las cincuenta estrellas

Admiten haber cometido el error

De subestimar la capacidad de resistencia del enemigo

Por error creyeron que las rendiciones serían masivas

Y masiva ha sido la resistencia

Por error previeron huidas en masa hacia las fronteras vecinas

Por error no previeron que diariamente regresan jóvenes iraquíes junto a jóvenes jordanos y árabes de todos lados

Como las abejas atraídas por el brillo gualda de la primavera

Por error calculado

Los generales envían adelante –carne de cañón-

A los hijos de la América India e Hispánica

y a los nietos de la América África

Siempre con la sana intención

de preservar al máximo la sangre del antepasado anglosajón

Ya obtendrán su nacionalidad cincuenta estrellas post morten

También por error estalló el blindado

con su propia bomba cincuenta estrellas no nacida

y confundieron con un taxista indiferente

a la poderosa carga explosiva

que dejó a cinco héroes cincuenta estrellas

también muertos sobre la arena

Por error hay misiles que asustan los pozos kuwaitíes

Y a las finanzas sauditas

Es que el desierto todo habla árabe, va de turbante y reza a Alá

Esta es la guerra de los errores

Que por error fue anunciada

Por un presidente que lo es por un ligero error electoral

Que por error de unos escasos gobiernos erráticos, fue apoyada

Que por error fue comenzada

Que por error durará más de lo soñado

Y que

Por error (por supuesto)

No vio por error

Que el universo cuenta millones de millones de estrellas

Que por error

Su enemigo es toda la Humanidad.



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Yldefonso Finol

Economista. Presidente de la Comisión Nacional de Refugiados. Militante chavista. Poeta. Escritor. Ex constituyente.

 caciquenigale@yahoo.es      @IldefonsoFinol

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