El carnaval florentino: arte, religión, lujuria y política

Durante el mes de febrero o marzo , según el año, antes del inicio de la cuaresma cristiana, allá por el siglo XV, Florencia cambiaba de rostro y recreaba su vida. La señorial ciudad, toda engalanada con simbólicos estandartes, obra de sus grandes maestros, se convertía en escenario de un desfile de deslumbrantes carrozas pródigas de alegorías alusivas a leyendas o deidades mitológicas y de carros tornados en plataformas para la actuación espontánea de personajes enmascarados trajeados con suntuosos disfraces, que precedían a una variedad de comparsas caracterizando temas de manifiesto contenido erótico.

Todo el Gran Ducado de Toscana celebraba el carnaval, fiesta colectiva y permisiva donde se rebasaban los límites impuestos por las normas y costumbres para dar cabida a una celebración orgiástica.

Como telón de fondo, la interpretación de canciones heredadas de la tradición, en frenética competencia con canciones compuestas por virtuosos músicos – algunas nutridas con letra de poetas- y de música popular, propia para la ocasión, rica en improvisadas notas, se conseguía que llegara al clímax este espectáculo fascinante, lleno de arte y colorido, que seduciendo a los sentidos, llamando a la lujuria, invitaba a los florentinos a sumergir brevemente su existencia en una saturnalia ajena a todas las restricciones legales, morales y religiosas imperantes en la ciudad, para desembarazarse de las penas y frustraciones de una vida efímera e incierta. Heinrich Isaac, maestro de la capilla de San Giovanni, era uno de los compositores de estas canciones carnavalescas.

Calles, barrios y plazas de la ciudad, colmadas de atracciones, torneos, competencias, juegos de toda clase y bailes, se desbordaban de gente, gran cantidad venida de muchas partes, ávida de éxtasis y desenfreno, buscando olvidarse de sí misma, mostraban su disposición a entregarse al vino y al amor. Músicos y poetas ofrecían sus servicios a todo el mundo.

En los palacios de los nobles y casa de los grandes señores se creaba el ambiente propicio para la diversión y los placeres de sus dueños e invitados.

Entonces eran los Médici, gobernantes y amos de Florencia, los patrocinadores y protagonistas principales de este singular carnaval,

que alcanzó su máximo esplendor durante el gobierno de Lorenzo El Magnífico .

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Baco y Momo

En realidad, el carnaval de Florencia era fruto del aporte vigoroso de diversas expresiones religiosas y culturales. En la gran fiesta se advertía la presencia de rasgos de ritos de religiones ancestrales que el influjo del cristianismo no había podido erradicar del espíritu del pueblo florentino, a pesar de los denodados esfuerzos de la Iglesia Católica para desaparecerlos, impedida como se encontraba de recurrir al expediente de hacerlos coincidir con el culto dedicado a uno de sus santos para que éste prevaleciera con el tiempo, como se propuso con el calendimaggio, fiesta durante la cual en Florencia simultáneamente se celebraba el Día de San Juan Bautista, santo patrón de la ciudad y figura destinada a desplazar a Maya y otros dioses.

Sin embargo, los Médici, familia que produjo tres Papas [ León X, Clemente VII y León XI], se empeñaban en rescatar el legado heredado por Roma de la cultura griega, utilizando el ocio y el placer como una manera de entender la festividad, al margen de su ancestral carácter de ritual sagrado de fertilidad y fecundidad y poder aprovecharla con fines políticos, en promoción de la ciudad que gobernaban y del poder que ejercían.

Pero también la fiesta se celebraba antes de los cuarenta y siete días del primer domingo siguiente de la primera luna llena del inicio del equinoccio de primavera, por haber sido su fecha original trasladada por la iglesia católica en su afán de evitar que fuera durante el mes de diciembre y coincidiera con la celebración del nacimiento de Jesús, que fue fijado también el 25 de ese mes, en coincidencia con la festividad pagana del Sol Invictus.

En los carnavales florentinos a todas luces se recordaba a Baco, dios del vino, hijo inmortal de Zeus, dios del Olimpo y de Selene, la luna. Baco era uno de las diversas manifestaciones de Dionisos, representado por eso con máscaras de variadas formas. El dios era adorado por mujeres llamadas Bacantes, apelativo que respondía a la plena identificación que existía entre el adorado con sus adoradoras, que lo amaban en forma enloquecida, desesperada y rabiosa. El vino, que el mítico personaje representaba y corría a torrentes en la fiesta carnavalesca, era considerado como remedio espirituoso contra la crueldad y la crudeza y su llamado era dar rienda suelta a la diversión y a la pasión.

Por supuesto que se advertía la presencia de Momo, dios siempre asociado al carnaval, perceptible en la fiesta florentina por la profusión de máscaras -usadas algunas para representar a conocidos personajes-, así como por las burlas y alusiones sarcásticas de los versos y canciones .Acaso se evitaba recordar en demasía la función de juez moralizador que ejercía Momo en el Olimpo, capaz de advertir a los dioses griegos,- con defectos similares al de los seres humanos,-, sus miserias, sentimientos, pensamientos e hipócrita conducta, representando sus yoes, a través de las máscaras que, actuando a modo de espejos, permitían a estas deidades - ante su falta de ojos para ver y de oídos para oír- verse reflejadas tal cual eran en la realidad y mirando su desnudez, reconocieran sus falencias y se esforzaran en superarlas. Papel al que al dios le tocó jugar entre los seres humanos después de haber sido expulsado del cielo griego por sus impertinencias y tener la ocurrencia de asilarse en la tierra, donde se convirtió en protector de escritores y poetas.

Desde luego que a los organizadores de la fiesta y amos de Florencia no les convenía destacar este aspecto del dios, para no arriesgarse a ser víctimas de impertinentes acusaciones. Mejor era desdibujar el carácter del hijo de Hipnos (Sueño) y Nix (Noche), diluirlo, recordándolo en algunas de sus expresiones externas, buscando solo la burla o el rechazo hacia el personaje seleccionado para ser representado.

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Fiesta de todos los florentinos

Lorenzo de Médici mostró particular interés por el carnaval, festival del que todo el pueblo de Florencia, encabezado por su

nobleza, era al mismo tiempo espectador y protagonista. El ilustrado y talentoso Príncipe, que gobernó de 1469 a 1492, se dio a la tarea de recrear la música tradicional contratando a los mejores músicos y poetas y gratificando generosamente a los artistas populares para que compusieran nuevas canciones lascivas para el carnaval. Grupos musicales y cantantes selectos se encargaban de interpretarlas, comenzando por los palle, palle, palle, instrumental que daba inicio a las fiestas.

El mismo Lorenzo compuso algunas de estas canti carnascialeschi, entre ellas un Himno a Baco, que llama dar rienda suelta a la locura, a la pasión y vivir el momento ante la incertidumbre de la vida. Su letra es elocuente:

<< (…) Mujeres y jóvenes amantes: ¡Viva Baco y viva el amor ! Cada cual ¡toque, baile y cante! Anda de dulzura el corazón. Sin fatiga, sin dolor. Lo que ha de ser, conviene sea. Quien quiera estar dichoso lo esté hoy: Del mañana no hay certeza>>.

Otra muy celebrada, El Cantar de los barrenderos de la chimenea, aludía sarcásticamente a la necesidad de limpiar las chimeneas haciendo un llamado general a su barrido, aun cuando no se dispusiera del dinero para pagar el servicio:

<<( …) ¡Vecinas! ¡Vecinas!, ¿Qué quieren? ¿Sus chimeneas barridas? ¡Su chimenea señora! ¿Quién quiere que sea barrida por dentro y por fuera? ¿La quiere bien limpia? Quien no pueda pagar, nosotros lo haremos, sólo dennos un poco de pan y vino>>.

La letra de estas canciones, más que irreverentes, oída en la mismísima ciudad protegida del Santo Patrón San Juan, nos permite comprender la repercusión que podía tener el carnaval en espíritus sensibles, de inquebrantables convicciones religiosas y morales, pero intolerantes, como el del dominico Jerónimo de Savonarola, quien propiciaba el retorno a la simplicidad de la primitiva iglesia cristiana y condenaba la vida disoluta del Papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia).

El Prior del Convento de San Marcos, luego de encabezar un fallido golpe de Estado, pacientemente aguardó la caída del sucesor de Lorenzo, su hijo Piero II, y la expulsión de la familia Médici, tras la invasión de Italia por los franceses de Carlos VIII (1494), para refundar la república bajo la protección de Jesucristo, a quien logró proclamar Rey de Florencia, y acabar con el carnaval, por considerarlo una de las costumbres maléficas de esta ciudad, entonces centro cultural de Europa.

Un martes de carnaval, el 7 de febrero de 1497, para purificar de su espíritu libertino a Florencia, fueron a consumirse en la Hoguera de las Vanidades, obras de Bocaccio y Petrarca, cuadros de Boticelli, prendas y costosas joyas, junto a vestimenta ostentosa, adornos, maquillajes y todo aquello que representaba vanidad.

Eran los tiempos en que el imperio español con su Almirante de la Mar Océano estaba en plenas andanzas por Abya Yala, estas tierras de nadie, habitadas por seres sin alma o poseídos del demonio, a los que más tarde también se empeñaría en quitarles sus malas costumbres y herejías.

robertourbanotaylor@hotmail.com



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