Yo, el supremo

Tomo prestado el título de la novela del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, para aludir el tema del autoritarismo. "Yo, el Supremo" fue publicada en 1974, coexistiendo con otros dos textos memorables sobre el mismo tópico, como son "El Recurso del Método", del cubano Alejo Carpentier, y "El Otoño del Patriarca", de Gabriel García Márquez.

Muy lejos está el presidente Nicolás Maduro de parecerse a los personajes centrales de las citadas obras, pero, paradójicamente, su forma cotidiana de expresarse, siempre en primera persona, lo aproxima a la manera de hablar que uno esperaría de un emperador o un monarca. Su verbo contradice la idea de un gobierno que en principio se autocalifica como modelo de "democracia participativa y protagónica", pero que en la práctica parece reducir la participación popular a las respuestas, siempre afirmativas, cada vez que el protagonista hace pública cualquier decisión tomada y demanda la aprobación del auditorio. Parece obvio que el reconocimiento de las masas gritando "así es que se gobierna", cada vez que el mandatario reparte tabletas, empleos o aumentos salariales, retroalimentan su postura.

Es tan persistente el personalismo del presidente obrero, que en ocasiones se ha intentado atenuar sus efectos con aclaratorias como aquella de "cuando digo soy, digo somos", o la más reciente frase "juntos podemos más". Sin duda, el primer mandatario cuenta con equipos asesores en diversas áreas, pero su egolatría les resta importancia, los minimiza, al tiempo que los libera de responsabilidades ante posibles fracasos, puesto que el presidente monopoliza la autoría de los planes.

Por eso en las calles, y sumado el ingrediente de la manipulación de los medios opositores, la gente afirma que Maduro es el culpable del caos, del burocratismo, de la ineficiencia, de la ausencia de medicinas y alimentos, de la falta de transporte, de las continuas fallas eléctricas, de la basura amontonada, del deterioro de los ferrys de Margarita, de la corrupción y de todos los males que nos agobian. Una aseveración popular injusta, puesto que es evidente que los éxitos y fracasos, al margen de la presión internacional, son atribuibles no a una sola persona, sino a un grupo selecto de funcionarios de alto rango, que se ha rotado durante muchos años entre diversos ministerios y presidencias de empresas públicas, independientemente de sus resultados. La aprobación de las memorias y cuentas ministeriales suele ser un trámite administrativo de la Asamblea Nacional y actualmente de la Constituyente, que no se corresponde con la realidad socioeconómica del país.

No soy sociólogo ni politólogo, pero sospecho que el conjunto de creencias que conforman lo que algunos llaman "imaginario colectivo", son construcciones acumuladas según los intereses de las clases dominantes, y que de tanto repetirlas se asumen como ciertas. De allí surgen creencias como aquella según la cual "Venezuela es un país presidencialista", que no es más que la prolongación del autoritarismo propio de los caudillos que desde Páez, fueron colocados y mantenidos en el poder para defender los intereses de la burguesía. De allí se derivaron facetas para caracterizar a los mandatarios, que deberían ser jefes enérgicos, fuertes e impositivos, aunque obedientes ante el verdadero poder que creó su liderazgo.

La Quinta República arrancó con otros ideales, al menos en los términos expuestos claramente por Hugo Chávez, un líder auténtico y a veces contradictorio, porque si bien incurrió en posiciones personalistas, careció de la fuerza necesaria para hacer justicia en el momento en el cual las circunstancias le otorgaban la mayor legitimidad para su empleo, tal como ocurrió el 13 de abril de 2002. Chávez rompió con los esquemas del pasado, porque resultó ser un estudioso incansable, pensador, teorizador, estratega, dialogante y primer crítico de su propio gobierno. Hablaba mucho, pero sabía escuchar.

Maduro debería imitar sólo los rasgos positivos de Hugo Chávez, que eran mayoritarios. Hace poco hubo una demostración de verdadera participación popular, con la movilización de un grupo de campesinos y campesinas, quienes luego de caminar durante 20 días llegó a Caracas con críticas y propuestas para mejorar la gestión agrícola nacional, cuyas fallas son evidentes. El presidente ordenó intervenir el despacho. Pero han transcurrido 20 días y los protagonistas siguen en sus cargos. Se vuelve a hacer realidad la práctica adeca para conjurar cualquier acusación o reclamo popular: tomarse fotos con los demandantes, nombrar una comisión e investigar la situación "hasta las últimas consecuencias…y caiga quien caiga". Todo sigue igual.

camilopalmares@yahoo.com



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