La dignidad no envejece

Problemas en el corazón, los riñones, descalcificación en los huesos, diabetes, cataratas ... la vida es una caminata lenta, y toda su fragilidad se acumula en el largo momento que es la vejez. Es un momento aún más largo cuando las posibilidades de enfrentarlo desaparecen.

Pero no nos engañemos: la fragilidad biológica no está vinculada al alma. He visto a adultos mayores defender sus derechos con el coraje que aspiro a tener a los treinta y dos años. Son guerreros irrompibles en su lucha.

En mi año en Provea, una ONG que desde 1988 ha promovido y defendido los derechos económicos, sociales y culturales en Venezuela, pude documentar varias manifestaciones de adultos mayores que demandaban su derecho a la seguridad social, que, bajo las condiciones actuales en Venezuela, efectivamente equivale a su derecho a la vida. La última vez que los acompañé como periodista fue en mayo de 2017, cuatro meses antes de salir del país, para cubrir la llamada "Marcha de los Abuelos", una protesta convocada a nivel nacional.

Ese día no solo se congregaron para protestar contra la miserable pensión que no excedía los siete dólares mensuales, que, para mediados de julio de 2018, era equivalente a menos de un dólar en el mercado paralelo (lo que llamamos el "dólar negro"). ) que mueve los precios en Venezuela hoy.

Tampoco se vierten en las calles únicamente para protestar por el acceso a la medicina. Los ancianos, que raramente caminaban, en sillas de ruedas y con bastones, protestaron con el objetivo de llegar a la Defensoría del Pueblo y marcharon contra el golpe de Estado del Parlamento, el fraude de la Asamblea Constituyente y contra las calamidades que enfrentaban. ¡Qué acto de solidaridad! Recuerdo al Sr. Carlos Blanco, coordinador de la Organización de Pensionistas del Comité de Derechos Humanos, en una manifestación tres meses antes que me dijo que estaban dispuestos a morir en la calle y que "no se arrodillan ante el gobierno, como exigen". No fue una broma.

Ese 12 de mayo, fui testigo de cómo reprimieron a los sesenta, setenta y ochenta años. Fui testigo de cómo algunas mujeres de la policía se rociaron con gas pimienta para ahogar sus voces y romperlas. Sin embargo, los manifestantes lograron romper ese primer cordón de "seguridad", no por la fuerza física, obviamente, sino por la fuerza moral, a través del uso del lenguaje y la retórica para recordar a los represores que podrían ser sus padres, sus abuelos. La realidad por la que protestaron no era ajena a ellos.

Así lograron avanzar a otro tramo, hasta la altura de uno de los caminos más importantes de Caracas, la avenida Francisco de Miranda, donde esperaban tanques y los llamados "murciélagos", muros de metal móvil utilizados por la Seguridad del Estado. Fuerzas para bloquear las calles e impedir el paso de la marcha. Los abuelos lograron llegar allí. Fue una de las protestas más simbólicas a la que he asistido, no solo por su pacifismo y su cortesía, sino por haber eliminado la barbarie.

En medio de una crisis convocada por activistas como Feliciano Reyna, reconocida por Amnistía Internacional con el premio "llama de esperanza" por su destacado trabajo en la defensa del derecho a la salud como una "emergencia humanitaria compleja", debido a sus múltiples causas , así como su alcance económico, político, social, moral y emocional, me preguntaba si alguno de los ancianos que vi ese día había muerto debido a la falta de medicamentos, alimentos ...

Espero que el coraje que percibí en esa expresión de protesta pacífica quede grabado para siempre en nuestra memoria colectiva y nos aliente a seguir alzando nuestras voces para denunciar, desde los espacios que ocupamos, la situación en Venezuela.



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