Macroguarima y descalabro

En el año 2017, la oposición oficialista retomó la táctica de las guarimbas como "salida" del desastre económico, producto, principalmente, de la asociación delictiva de la ineficiencia del gobierno con su corrupción, si bien ayudados por esa misma oposición, a su manera. Al enemigo no se le pide ayuda. La lógica era ilógica, pero maquiavélicamente correcta: estar peor, pero más cerca de salir "de esto", no importa hacia dónde. Río revuelto, en otras palabras. Las guarimbas estaban enfocadas, fundamentalmente, a las zonas donde habita la mayor fuerza de esa misma oposición. Un simulacro de guerra, con apoyos puntuales de "un perraje" bien pagado y hasta con palos de golf, para defenderse deportivamente. Impedir el tránsito, regar basura y escombros por las calles, amenazar y rechazar cualquier disidencia del "pensamiento único". Los más extremistas quemaron metrobuses, estaciones de metro y paradas de transporte público. Más que una metáfora, era literalmente parar el país, forjar una huelga general, obligar a todos a una democracia a la fuerza. Con todo esto, se vio más afectada la malograda clase media, a la que tanto daño se le había ya hecho (curioso… no así a las clases altas…). Volvieron a oírse ecos de esa voluntad de Leopoldo López, que nada tiene de popular. Atormentar más para que no quedara otra opción que salir de oficialismo y el chavismo y, de paso, del resto de la oposición.

Pero su origen es mucho anterior. Viene de aquellos días cuando "cualquier cosa era mejor que el zambo y los monos que lo rodeaban". Había que abandonarlo todo, porque era colaboracionismo traidor (como con los nazis); porque lo que pudiera hacerse bien, cualquier cosa exitosa, así fuera por el país, era favorecer a los malandros que se lo habían tomado para ellos. Vivir mal para tener razón, ayudar a la destrucción esa que significaban los enemigos con mayor destrucción, una suerte de esquizonacionalismo. Ética monopolista, más bien. Ya vendrían tiempos mejores, se volverían a las condiciones de juego favorables, reordenar la distribución de la riqueza nacional, que desde hace un siglo la produce fundamentalmente el mismo Estado.

Hoy se propone un macroguarimba, con la sospechosa ayuda de Trump, Duque, Bolzonaro y cualquier cosa que venga de Guyana (que no será del Caribe, como dicen). Invasión y guerra, por las buenas o por las malas, como si hubiera diferencia. ¿Cómo es que todos aceptan que la ayuda humanitaria sea igual a marines y ejército colombiano? Eso ni se discute, porque hay algo que se llama soberanía, señor Guaidó, esa, sí, que tanto han mancillado también los cubanos, y hasta cuándo, señor Maduro. Claro que en Venezuela hacen falta cosas imprescindibles, en particular y desde hace años, medicinas e insumos médicos, y por lo cual el gobierno se ha convertido en asesino culposo, y masivo. Claro que hay que salir de todos los que nos hunden "por nuestro propio bien". Salir de este gobierno ineficiente y corrupto, ridículo, tramposo, que habla contra el capitalismo imperialista, mientras entrega el 12% de nuestro territorio más rico a su verdadero AMO (¡ni de adentro ni de afuera, sea ruso, chino, gringo o Cisneros…!). ¿Y la oposición dice tan poco de esto?

Estamos en emergencia, ya antes de que se acabe la gasolina y los alimentos, antes de que pisoteen las faldas del Ávila los hijos de Drake y Raleigh, sin ser más señores que de sus propios intereses y mentiras. Pero no podemos aceptar la salida que propone a Venezuela el destino de Libia, y a Latinoamérica, el de un nuevo Medio Oriente. No queremos el desgobierno de Maduro, pero tampoco esta macroguarimba que comanda Guaidó. Rechazamos la confabulación de ambos para destruir el futuro en presente, para acercarnos al Miami de Rubio, que se haga la Tierra de Gracias a Dios llegaron los marines, una vez más en la historia del continente. Insensatos y viles, cobardes todos. Otra cosa sería si fuera su pellejo de gallinas el que quedara chamuscado.

El pueblo venezolano, ese que ha salido masivamente a las calles a decirle "basta" a Maduro; ese que padece en barrios en estado de sitio, desde hace tanto tiempo, y no desde la autoproclamación de Guaidó; ese tan distinto al que pintan las noticias internacionales, y del hablan con autoridad mafiosa algunos diputados europeos; ese tan ajeno al "pueblo" que chorrea de los picos carroñeros de Trump, Pompeo, Rubio, Abrams, Bolton…; ese pueblo no quiere guerra, lo han demostrado millones de venezolanos durante estos años. No quiere sangre, no quiere más violencia, no quiere más mentiras. No es verdad que lo representen las "vanguardias" agresivas que queman gente, como dice el gobierno, y que hay que castigar como homicidas, sin discusión. No es verdad que ese pueblo esté dispuesto a inmolarse para defender a un gobierno que lo ha estafado, y, aún más, le robó la ilusión de futuro, la oportunidad del cambio, la razón de la historia. Así como tampoco la agresión desmedida de algunos asesinos en uniforme expresa la historia de nuestro ejército, con todo el peligro que significan sus armas, como manipula la oposición oficialista cuando les conviene. Nuestro pueblo no quiere guerra, está cansado que esa violencia sea de los pocos sobre los muchos; está cansado de pasar trabajo en un país rico y saqueado; está cansado de la manipulación de las cúpulas inescrupulosas del oficialismo y de la oposición oficialista. Eso flota en estos días de calma al borde del abismo.

Sí, la única solución para esta crisis institucional es un diálogo múltiple, pero sólo entre venezolanos. Y para ello, lo único que se puede hacer, inmediato y urgente, desde el gobierno, si puede mostrar todavía alguna decencia, es convocar a un nuevo CNE, representativo de todas las fuerzas políticas (y no sólo los partidos), un CNE que exprese un nuevo consenso ya. Más que bravatas ante la macroguarimba en proceso, que no puede obviamente enfrentar, sino a costa de una guerra, el gobierno debe dar un primer paso. Mientras que lo único decente que puede hacer la oposición oficialista, ante Venezuela y ante el mundo, ante la historia, antes de que sea tarde, es expresar, en voz alta, a gritos clarísimos, que está en desacuerdo con la guerra, con la invasión, con ser la promotora de más violencia. Dejar de ser peón de juego ajeno.

Da vergüenza hablar de "ayuda humanitaria", pero está bien ayuda médica, pero manejada solo por organizaciones venezolanas (se me ocurre que pudiera ser manejada por Fe y Alegría, por ejemplo). Ni gobierno, ni ejércitos ni asambleas. Sería un buen motivo para trabajar juntos, practicar el país que queremos. Mientras, con un CNE de consenso, se puede preparar referéndum consultivo, elecciones generales, lo que sea con paz, con observadores internacionales. Ir a una redefinición de los poderes que han resultado todos enrarecidos. Recibir esa ayuda, puede ser vista como una compensación de todo lo que tanto dio Venezuela, durante décadas petroleras. Y pienso en esa misma Colombia, que intenta dar lecciones de decencia política (¿dónde quedaron las miles y miles de remesas de los millones de colombianos en Venezuela a dólar preferencial, la gasolina robada durante años, el contrabando de todo lo inimaginable, o tanto territorio nuestro que hoy reposa en su mapa?). Pienso en la Guyana neobritánica beneficiada por Petrocaribe (¡increíblemente ingenuo!). Pienso en la ingrata Cuba, sacada de la quiebra literal del "período especial" (monto gigantesco que jamás podrá ser auditado). Pero hay que añadir a casi todos los países latinoamericanos, por tantas vías diversas, y hasta a los más pobres en los Estados Unidos. Está bien, ayuda para salir de esto, pero no para hundirnos en la macroguarimba, propuesta por Guaidó y propiciada por Maduro, ni hacer la vista gorda ante el descalabro nacional que esta repolarización internacionalizada significa.



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Alejandro Bruzual

Alejandro Bruzual es PhD en Literaturas Latinoamericanas. Cuenta con más de veinte publicaciones, algunas traducidas a otros idiomas, entre ellas varios libros de poemas, biografías y crítica literaria y cultural. Se interesa, en particular, en las relaciones entre literatura y sociedad, vanguardias históricas, y aborda paralelamente problemas musicales, como el nacionalismo y la guitarra continental.


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