Ese concejal no sirve para eso porque es bachaquero

Saliendo de un largo sueño, escuché o leí, bien no recuerdo, por culpa del sopor del dormir largamente, a un recién electo concejal decir, como justificándose con anticipación por lo que pareciera habrá de hacer o no hacer, que desde una alcaldía o una concejalía no se puede cambiar el mundo. Al escuchar aquello volví sobre mis persistentes meditaciones acerca de las limitaciones de mucha gente que le encanta el poder y lo busca con angustia. Pero asombra el éxito que tienen. Abunda gente tras de ellos. Los buscan como si fuesen joyas. Son muy útiles y poco molestosos, salvo lo que hacen sin molestar ni causar escozor a sus protectores, aunque sí a la multitud. Son como alcahuetes inútiles pero para algo sirven. Forman el elenco de un drama o mejor comedia ligera y picaresca. Se creen revolucionarios pero de una como revolución importada que vendrá en cajas, dispuesta en piezas desarmadas para armarla aquí adentro, sin tomar siquiera las estrictas precauciones habituales como las consabidas medidas para que quepa. La revolución que imaginan – esta palabra es buena – vendría a sustituir lo existente; de donde a éste haremos explotar con bombas de alto calibre. La revolución no sería cambiar la sociedad, partiendo de esa realidad y en la medida que la gente que en ella vive vaya cambiando y cambiando su mundo. No. Sera por una especie de caída y mesa limpia. Para ellos el deber de un revolucionario no es trabajar arduamente, persistentemente sobre la realidad y dentro de la gente para impulsar los cambios, como un promotor y vanguardia sino la de un destrozador que debe romper todo, apartar los desechos que genera en su trabajo destructivo hasta llegar a la nada y partir de esa nada con moldes y piezas importadas. Estas le llegarán de allá, no sabe de dónde, como un lego y hasta con una cartilla para armarlas. No pensar así, lo que implica pasarse el tiempo esperando un tornado, sería el proceder de un reformista. Y no hay cosa más odiada por el revolucionario que uno de esos. Él prefiere esperar aunque en eso se le vaya la vida y lo quiten a empujones.

Por eso el candidato a concejal, aquel que cometió la osadía de aceptar esa responsabilidad piensa que como tal poco puede aportar, pues lo suyo es esperar si algún día alguien le indica donde afincar el hacha y la mandarria para destrozar, por supuesto después que hayan llegado las cajas de los legos. Mientas tanto se dedicará a cobrar la dieta, levantar la mano cuando el alcalde o jefe de fracción así lo indiquen y hasta matar la perra por allí con sus panas del bachaqueo.

Para él no hay nada por hacer en la alcaldía y menos desde el curul de concejal, pues la revolución esa para la cual se siente llamado, por la que hierve la sangre, es una vaina muy grande y lo sabrá cuándo suenen los clarines y los cañones y hasta por allí se aparezca hasta un tipo con barbas muy largas llamando a zafarrancho. Mientras tanto él pasará el tiempo cuidando que al constructor le den permiso para tirar las aguas al río, esconder las basuras bajos los puentes y llenar las quebradas de cachivaches y más basura. Se dará sus vueltas por los mercados públicos de la ciudad, espacios donde es por demás conocido a recoger las generosas colaboraciones de los compañeros activistas rodillas en tierra que tiene en ellos esparcidos.

¡No sabe cuánto podría hacer si fuese de verdad revolucionario y se hubiese tomado el trabajo de escrutar la realidad para encontrar en ella lo tanto por hacer para ayudar a cambiar a la gente y la ciudad, lo que es un trascendente trabajo por esa revolución de la que habla sin conocerla! No sabe el concejal por ejemplo que, Simón rodríguez, siendo menos que un funcionario como él, apenas un humilde maestro de un barrio caraqueño, encontró como servir al proceso de cambio de su tiempo de manera trascendente y en un alto rol de dirigente en su espacio y el mundo. Creó las bases para la nueva escuela. ¿Y de dónde sacó nuestro Robinson aquellas sus propuestas y modelo pedagógico? ¿Acaso le llegó de Europa en una caja de cartón y todo eso desarmado para que él lo armase? No. Lo sacó de la realidad y con cada pequeña cosa pudo diseñar un proyecto para un cambio grande y sustantivo.

¿No podrías pensar tú y hasta muchos de esos, por encima de ti, que como desde una escuela de la Caracas colonial se podía concebir un plan pedagógico fresco y revolucionario, distinto al que proponían en su tiempo los educadores europeos y los de aquí asumían, en lo por hacer desde la función y responsabilidad que han alcanzado? Era Caracas un espacio donde se imponía un cambio y aquel humilde maestro, hasta por debajo de un concejal, pudo a partir de aquél y concebir un proyecto para lo grande. Para ser revolucionario no se requiere un espacio específico donde "estén dadas", esas que los robots llaman, "condiciones objetivas". Pues ellas suelen estar, en algún nivel u otro; se trata que haya quien sea capaz de identificarlas y sobre todo saber cómo moldearlas y hacer lo que se deba y pueda. En las comunas hay mucho por hacer y en las calles, en cuidar el ambiente que es cuidar la vida toda y eso es un acto revolucionario. No es solo cobrar la dieta y esperar que el alcalde o el jefe ordene el alzar de manos, mientras se añora por una revolución que venga de fuera empaquetada y ya lista para encenderle los motores.

Pero ese concejal que ignora qué hacer, porque el cargo le parece insignificante para hacer obra "revolucionaria" no es una excepción. Al contrario, forma parte de la regla. Piensan casi todos, dije casi todos, porque es verdad que las reglas suelen tener sus excepciones, que en su entorno y dentro de sus funciones no hay nada por hacer para ayudar a que la gente cambie y cambiar la realidad que no tiene porque cambiar a la carrera. No imaginan que el problema no es "la pobre realidad", hasta provinciana que les toca encarar, sino la pobreza de espíritu que a ellos los embarga. No es suficiente tener "las rodillas en la tierra", ser fiel hasta el infinito a quien porta las banderas y elabora el discurso para ser revolucionario y sí, más humildemente, trabajar por el cambio y la grandeza; pues, se necesitan otras cosas más. Como tener pegado los oídos a la tierra, estar atentos todos los ruidos y señales por muy tenues estos sean y hasta el canto de las mariposas. Ver lo que se requiere ver donde la generalidad de la gente nade ve y encontrar los puntos de inserción o apoyo para el ascenso y el crecimiento donde nadie nada encuentra. Para eso se es dirigente, vanguardia y concejal; si eso no se entiende y no se puede concebir, no se sirve para eso. No es culpa del espacio o de la humildad del cargo. Si sientes que en tu espacio no hay nada por hacer para cumplir tu tarea de influir por el cambio no es culpa de la realidad, ni la debilidad o poca pertinencia del cargo que habrás de ostentar, sino tuya. No estás bien armado para iniciar esa cruzada. Quien allí te puso, seguro que tampoco está como debería estarlo para dirigir ese combate.



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Armando Lafragua


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