La burguesía debió educar a los tuiteros a tiempo

Muchos señoritos y gentecilla remilgada andan con un ánimo como el de mil demonios por cuenta de las benditas redes sociales, en especial por la del pajarito azul. Sí, exacto, por Twitter, sobre todo, donde se libra una guerra sin lágrimas y sin sangre ni sudor, pero cruenta.

Determinados migrantes digitales, personas que se creen de sangre azul y con la piel de bebé, están tratando de aplicarles un poco de barniz de intelectualidad a la repugnancia, a su profundo odio e infinito desprecio que atesoran en su corazón. Son ovejas burguesas vestidas de lobo que sienten asco por los muchachos milénicos o nativos digitales.

Estos millennials son un tanto ecléctica. Paradójica y aparentemente la generación Y es un tipo de intelligentsia contemporánea, debido a su elevado nivel de instrucción académica y profesional, aun cuando sin ideología, sin oficio y sin una sólida formación en cultura política.

Con todo eso, son unos jóvenes comunes y corrientes y bromistas de tiempo completo que se atreven a debatir en Twitter con algunas personalidades autorizadas de la ciencia, la cultura, la política, del periodismo, del mundo deportivo, etc, quienes se pensaban irrefutables, incuestionables e irreprensibles.

Los chicos de la generación del milenio esgrimen argumentos a ratos vigorosamente veraces y en otras ocasiones son muy divertidos y relajados. Y lo hacen con la extensión de los ya consabidos 240 caracteres del microblogging. ¡Qué horror!

Éste es un acontecimiento nunca antes visto, y tal vez por eso mismo se lo ha calificado de polarización, de extremismo elevado al cuadrado.

El hecho de calificar, o de descalificar, a la gente joven juzgándola de extremista -en los términos más absolutos posibles-.

Es, en sí mismo, un signo de rechazo y de toma de distancia ultraconservadora con respecto a la juventud contemporánea.

No sólo hay un distanciamiento en cuanto a la edad –entre viejos chochos y millennials osados, una generación que florece y otra que se marchita–, sino, además, una intención de desprestigio y de desconocimiento del otro en materia de derechos y del debido respeto que tiene que primar entre las personas civilizadas.

Es como si con este epíteto ciertos migrantes digitales quisieran invalidar y desacreditar a los nativos digitales, a los interlocutores tuiteros, sus proposiciones y razones.

Y es asimismo como decirle al prójimo: Yo estoy lejos de ti, en el extremo de tu posición, en mi comodísimo gueto, en mi alta torre de cristal templado, en mi alcoba de oro con balcón de marfil, durmiendo mi dulce sueño en un colchón de plumas, y no quiero oír tu desgarrador reclamo por muy justo que éste sea.

Y es éste justamente un contrasentido, una acción propia de ilógicos, una actuación absurda; y es también una posición contradictoria (valgan tantos sinónimos), porque hay que poner en claro quién es en verdad el extremista o los extremistas en el mundo de las redes sociales.

¿Son los nativos digitales los extremistas, o los migrantes digitales?

Nada de ello es nuevo. Recordemos que antes, e incluso todavía, al contradictor se lo consideraba de loco o de homosexual, en forma despectiva, lo cual era y es un atajo para no debatir y desvaratar cualquier validez argumentativa por muy exacta que ésta sea para demostrar un postulado, premisa o axioma.

La tremenda homofobia de innúmeros trogloditas y encumbrados migrantes digitales hoy por hoy sigue siendo asquerosa. No acaba de irse aún.

Hay que manifestarlo con todas las letras. Cuando tú te pones a acusar a otra persona de extremista, es posible que el que se encuentra en el extremo opuesto eres tú. O acaso quieres ponerte en el extremo opuesto de modo consciente o inconsciente.

De esta manera, y por consiguiente, no es descabellado interpretar que el extremista es el que asume la posición de acusar sin razones verídicas de extremista a los demás; comportamiento intrínseco de paciente psiquiátrico, de enfermo mental más que ciudadano de este mundo; paciente de delirio de persecución, acosado por sus propios fantasmas, trauma que consiste en ver cómo se multiplican en su enferma imaginación los extremistas. Ve enemigos en todos los lugares.

Estas personas se asemejan cada vez más a aquel genio del género desdichado de lavar cerebros, aquel ministro e ideólogo de la propaganda sucia de Adolfo Hitler, Joseph Goebbels, el mismo que se puso a inventar y a creer y a hacer creer a los demás que la mentira podía ser verdad sólo si la repites como loro una y mil veces.

El asunto ya fue liquidado, porque ese engaño sí es, evidentemente, un auténtico embuste; su mentira nunca pudo convertirse en verdad; la suya fue y seguirá siendo una eterna posverdad, que es el otro nombre de la mentira preelaborada por la prensa mercantil y prepagada.

¿Recuerdas las recomendaciones de la propaganda nazi, en el sentido de que le debes atribuir tus defectos a tu contradictor? La famosa fórmula de convertir a un contradictor en un enemigo.

Una cosa muy diferente es ser contradictor y otra es ser enemigo. Tu semejante es eso: tu semejante.

Así, uno encuentra gente cursi y delicada con actitud provocadora, camorrera, desafiando el rigor de la hoguera de las redes sociales e invitando a pelear más que a debatir.

Luego de que les pasa por encima el huracán juvenil de las redes sociales, salen a gritar como niños mimados: ¡Un bot extremista! ¡Un troll extremista!

Tal es el caso de definidos seres humanos como el fundador de una revista colombiana, el de dos ex rectores de una prestigiosa universidad pública nacional, el de senadores de la República, el de exaspirantes a la Alcaldía de Bogotá y el de un reconocido caricaturista.

A los tuiteros más duros pero justos, los tildan de trolls o de robots bots. Es decir, son tenidos en cuenta como seres que no son seres ni personas, y puesto que no son personas, se les puede tratar como nada importante, como a una cosa inanimada y, en efecto, sin derechos, de acuerdo con la lógica de ellos.

El extremismo yace en la lengua, la boca y los dedos de las personas que día y noche se la pasan atizando el odio en Twitter y en las redes sociales en general desde su teléfono inteligente.

Estas personas deberían ponerse a pelear contra las élites de poder y de la cultura burguesa, porque son dichas élites precisamente las que debieron educar a los tuiteros y al pueblo en general en su momento, y no postrarlo en el embrutecimiento más oscuro. Sumieron a las masas en el oscurantismo para consolidar su dictadura y para de liquidar de un plumazo cualquier asomo de espíritu de crítica.

Hoy sufren las consecuencias de su negligencia. Sembraron vientos, y están cosechando tempestades.

¡El huracán juvenil no se rinde nunca!

 

 

 

 

 



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